“Desnudar el racismo como sistema de dominación, más allá de la metáfora de la enfermedad.”
¿Cuántas veces hemos oído decir — El racismo es una enfermedad?
Desnudar el racismo como sistema de dominación, más allá de la metáfora de la enfermedad.
Por Jonh Jak Becerra
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Introducción
¿Cuántas veces hemos oído decir que “el racismo es una
enfermedad”?
La frase parece compasiva, incluso bienintencionada, pero cada
vez que la escucho siento un profundo ruido interior. No porque no entienda el
deseo de quienes buscan nombrar el horror, sino porque reducir el racismo a una
“enfermedad” es, en sí mismo, una forma de negar su verdadera naturaleza. Una
enfermedad es algo que afecta al cuerpo o la mente de un individuo; el racismo,
en cambio, es un cuerpo político que enferma al mundo entero. No habita en la
piel del racista ni en el corazón del oprimido, sino en las estructuras, las
instituciones y los lenguajes que sostienen la desigualdad racial como norma de
civilización.
Hace un tiempo, el exfutbolista y expresidente de Liberia, George
Weah, declaró en una entrevista con Marca (España) que “el racismo es una
enfermedad”. Esa frase, que circuló ampliamente, me hizo pensar en cuántas
veces yo mismo había repetido algo similar. En mis primeros años de activismo,
cuando apenas comenzaba a comprender las dimensiones del racismo, solía decir
que el racismo era “ignorancia” o “una patología psicológica”. Hoy, después de
años de lectura, estudio y confrontación con la historia, sé que esa definición
simplifica y distorsiona la raíz del problema.
Porque el racismo no es una patología individual, ni un virus que se cura con educación moral o con campañas de tolerancia. El racismo es un sistema de dominación global, un régimen de poder que organiza las jerarquías del mundo moderno, que clasifica, explota y deshumaniza a las personas negras, indígenas para sostener un orden económico y simbólico basado en la supremacía blanca.
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I. De la ignorancia al poder: un cambio de paradigma
Durante mucho tiempo, la narrativa dominante ha querido
convencernos de que el racismo nace de la ignorancia. Esa idea es cómoda para
quienes lo reproducen, porque los libera de responsabilidad estructural: si el
racismo es producto de la ignorancia, basta con “educar” o “sensibilizar”. Pero
si el racismo es una estructura de poder, entonces hay que transformar el
sistema mismo, no solo las mentes.
Yo también creí que era ignorancia. No lo digo con vergüenza,
sino con honestidad. Repetía lo que escuchaba en los discursos
bienintencionados de los medios o de algunos espacios académicos. No había
leído aún a Frantz Fanon, bell hooks, Amos Wilson, John Henrik Clarke ni
Achille Mbembe. Tampoco conocía las lecturas de Manuel Zapata Olivella, ni las
reflexiones de Lélia Gonzalez. Pasé por la escuela y el colegio sin que nadie
me hablara de estos referentes. Nunca me enseñaron que había intelectuales negros
que habían dedicado su vida a pensar cómo opera el racismo desde sus raíces más
profundas.
Fue después, cuando comencé a estudiar estos autores, que entendí que el racismo no es un error moral ni una desviación emocional: es un sistema racional de dominación.
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II. Walter Rodney: el racismo como columna vertebral del
capitalismo
El historiador guyanés Walter Rodney afirmó que “el racismo no es
una patología mental, sino la columna vertebral del capitalismo”. Su frase me
marcó profundamente. Rodney demuestra en su obra How Europe Underdeveloped
Africa (1972) que Europa inventó la inferioridad negra como una herramienta
política y económica para justificar la esclavitud, el saqueo y la
colonización.
El racismo, en este sentido, no es un accidente cultural, sino
una tecnología de poder. Una ideología diseñada para legitimar la acumulación
de riqueza a costa de la deshumanización de los pueblos negros y del Sur
global.
Cuando un sistema necesita explotar, primero necesita degradar.
La idea de “raza” fue el dispositivo que permitió esa degradación. No fue
producto de una mente enferma, sino de una mente estratégica, una mente
colonial. Por eso, llamar al racismo “enfermedad” es una forma de inocentar al
poder, de ocultar que detrás de cada acto racista hay una maquinaria económica
y política que se beneficia.
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III. Amos Wilson: la conciencia falsificada
El psicólogo y filósofo Amos N. Wilson, en su obra The
Falsification of Afrikan Consciousness (1993), sostiene que el racismo
antinegro es un sistema diseñado para distorsionar la conciencia colectiva de
los pueblos africanos y afrodescendientes. Wilson argumenta que esta distorsión
no solo afecta a los oprimidos, sino también a los opresores, creando una
“enfermedad del poder”.
Wilson introduce una distinción crucial: el racismo no es una
enfermedad del alma del individuo, sino una patología del sistema. Es el
resultado de un orden civilizatorio que necesita jerarquizar, controlar y
dominar para sostenerse.
Cuando entendí esto, comprendí que las personas negras no
sufrimos racismo por la “locura” de otros, sino por el diseño racional de un
mundo que nos necesita subordinados. La verdadera patología no está en el
individuo racista, sino en el sistema colonial-moderno que, para existir,
necesita perpetuar la desigualdad racial.
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IV. Frantz Fanon: la epidermización de la inferioridad
Frantz Fanon, en Piel negra, máscaras blancas (1952), habló de
cómo el colonialismo produce una “epidermización de la inferioridad”. Es decir,
el proceso psicológico por el cual las personas negras interiorizan la idea de
inferioridad impuesta por el sistema colonial.
Fanon, como psiquiatra y revolucionario, entendió que el racismo
no podía analizarse solo en términos clínicos. No es un trastorno del individuo
blanco, sino un trastorno civilizatorio. Es la razón de Estado de un sistema
que necesita que el negro se perciba a sí mismo como menos humano.
Cuando Fanon escribe que “el negro no es un hombre”, no está
afirmando su inexistencia, sino denunciando que la modernidad occidental se
construyó negando su humanidad. Por eso, la lucha antirracista no es solo por
derechos o inclusión, sino por la redefinición misma de lo humano.
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V. Achille Mbembe: la razón negra y la necropolítica
El pensador camerunés Achille Mbembe lleva más lejos la reflexión
de Fanon. En Crítica de la razón negra (2013) y Necropolítica (2003), Mbembe
sostiene que el racismo antinegro no es una anomalía del pensamiento
occidental, sino uno de sus fundamentos.
Para Mbembe, el racismo es una racionalidad de gobierno. No nace
de la mente enferma de algunos, sino de una lógica de poder que administra la
vida y la muerte. En su concepto de “necropolítica”, el cuerpo negro se
convierte en el espacio donde el poder decide quién puede vivir y quién puede
ser dejado morir.
La “razón negra”, según Mbembe, es el dispositivo mediante el
cual Occidente construyó su idea de humanidad negando la humanidad negra. El
negro es la figura límite de lo humano: aquel cuya existencia sirve para
definir lo que la civilización considera “normal”.
Así entendido, el racismo no es una enfermedad individual, sino
una patología civilizatoria. Lo que está enfermo no es el racista, sino la
civilización que necesita odiar para sostener su identidad.
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VI. bell hooks: el racismo como práctica aprendida y
estructural
La teórica feminista bell hooks, en obras como Killing Rage:
Ending Racism (1995) y Black Looks: Race and Representation (1992), rechaza la
idea de que el racismo sea un problema de corazones enfermos. Para ella, el
racismo es una práctica aprendida, institucionalizada y reproducida
culturalmente.
hooks advierte que hablar de “enfermedad” puede ser peligroso,
porque desresponsabiliza al sujeto blanco y despolitiza el fenómeno. Si el
racismo fuera una enfermedad, bastaría con la empatía para curarlo. Pero el
racismo no se cura: se desmantela.
Ella invita a mirar cómo las instituciones —la escuela, los
medios, la familia, el Estado— producen subjetividades racistas, enseñando a
deshumanizar a las personas negras como parte de una estructura patriarcal,
capitalista y colonial.
El racismo, en su lectura, no es locura, sino condición de poder.
Y la cura no es terapéutica, sino política.
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VII. John Henrik Clarke: el racismo como arma política
El historiador afroamericano John Henrik Clarke lo dijo con una
claridad feroz:
“El racismo no tiene nada que ver con el odio; tiene que ver con
el poder.”
Clarke desmontó la idea sentimental del racismo. Explicó que fue
diseñado como un instrumento de dominación global, utilizado por las potencias
europeas para justificar la colonización, la esclavitud y la expropiación.
No es una desviación del sistema occidental; es el sistema mismo.
Por eso, no puede curarse con terapia ni con moralismo. Es una estructura
histórica de poder, sostenida por instituciones, ejércitos, religiones y
sistemas educativos.
Clarke nos recuerda que el racismo no es un sentimiento; es una
política de Estado. Y, como toda política, se sostiene en intereses materiales.
Quienes lo reducen a un problema moral evitan hablar del poder. Por eso él
afirmaba que hasta que los africanos no controlen sus propios medios de
educación, comunicación y producción, seguirán atrapados en la narrativa del
opresor.
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VIII. Racismo, economía y privilegio: la cara invisible del
poder
En mi experiencia, el racismo en Colombia y en América Latina no
se manifiesta solo en los insultos o en las agresiones abiertas. Se manifiesta
en los silencios, en los ascensos laborales que nunca llegan, en los medios que
no nos representan, en las universidades donde nuestros cuerpos son minoría.
Recuerdo que una vez, caminando por las calles de Bogotá, la
policía me detuvo sin motivo. Mientras tanto, hombres blancos y mestizos
pasaban sin ser molestados. Esa escena, tan cotidiana como violenta, resume lo
que Achille Mbembe llamaría la gestión diferencial de la vida: el poder decide
a quién se vigila, a quién se teme, a quién se mata simbólicamente.
Por eso digo con firmeza: el racismo no es ignorancia, es
dominación blanca.
Quienes se benefician del racismo no son solo los supremacistas
declarados, sino las personas blancas o percibidas como blancas que disfrutan
de privilegios estructurales. Obtienen ventajas sociales, económicas y
simbólicas: acceso a empleo, educación, vivienda, seguridad y reconocimiento.
Negar eso es perpetuar el engaño. El racismo no se trata de “malas personas”, sino de un sistema que reparte poder y oportunidades de forma racializada.
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IX. El lenguaje como campo de batalla
El lenguaje no es inocente. Cuando decimos “enfermedad”, estamos
utilizando una metáfora que suaviza el problema. Nombrar el racismo como
enfermedad implica que puede curarse con “educación” o “conciencia”. Pero el
lenguaje puede también encubrir las raíces estructurales del poder.
Hablar con precisión es una forma de resistencia. Por eso Fanon
insistía en que las palabras son armas. La palabra “enfermedad” en boca del
poder se convierte en una coartada moral. Por eso debemos responder con otro
lenguaje: el de la lucidez política.
El racismo no se cura, se desmonta; no se sana, se destruye; no
se perdona, se enfrenta con organización, memoria y pensamiento crítico.
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X. Conclusión: la verdadera enfermedad
Si hay una enfermedad, no está en el individuo que odia, sino en
el sistema que enseña a odiar. Es la enfermedad del poder, la patología de la
civilización occidental que necesita la figura del “otro” para afirmarse como
superior.
El racismo antinegro no es un error humano; es la consecuencia
lógica de un proyecto civilizatorio que se construyó sobre la muerte y la
deshumanización de los pueblos negros.
Por eso, cuando escucho que “el racismo es una enfermedad”, ya no
repito esa frase. Prefiero decir que el racismo es una arquitectura de
dominación global; una ideología del poder que atraviesa las instituciones, el
lenguaje, la cultura y la vida misma.
No necesitamos más diagnósticos morales; necesitamos
transformación estructural.
Porque el racismo no se cura con compasión, sino con justicia.
Y la justicia solo comienza cuando nombramos las cosas por su
nombre.
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Referencias
-
Fanon, F. (1952/2009). Piel negra, máscaras blancas. Akal.
-
Mbembe, A. (2013). Crítica de la razón negra. Nómada / Wits University Press.
-
Mbembe, A. (2003). Necropolítica. Public Culture, 15(1).
-
Wilson, A. (1993). The Falsification of Afrikan Consciousness. Afrikan World InfoSystems.
-
hooks, b. (1992). Black Looks: Race and Representation. South End Press.
-
hooks, b. (1995). Killing Rage: Ending Racism. Holt Paperbacks.
-
Clarke, J. H. (1991). African People in World History. Black Classic Press.
-
Rodney, W. (1972). How Europe Underdeveloped Africa. Bogle-L’Ouverture Publications.


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